Ésta es mi casa. Hoy estacioné en el mismo espacio donde solía parar mi antiguo carro. Hay algunas manchas de aceite en el puesto de aquél que ya no está. Recuerdo este lugar lleno de vida, pero no sé qué pasa el día de hoy que lo siento sin pulso.
Camino hacia la puerta, sigo el mismo recorrido que tantas veces hice sin saber. Paso el umbral de la entrada, subo las escaleras, y este olor tan familiar me confirma que éste fue mi hogar. Todo está intacto, como lo dejé. Ahí estan mis fotos, ahí siguen mis libros donde quedaron el último día, y ahí se asoma la bici que aún se encuentra junto a la ventana.
Camino sigilosamente al balcón, como si no fuese mi territorio. Allí cuelga el móvil de metal que nos regaló mi abuelita, y el leve sonido del viento me lleva directamente a aquel verano cuando decidimos convertir este espacio en nuestro.
Entro en puntillas de pie, el piso no cruje como solía hacerlo antes. Giro hacia mi habitación donde recuerdo haber soñado tantas cosas bonitas. Este recinto tiene la atmósfera de un templo sagrado, donde cada cosa inspira un respeto infinito. Donde nadie mas entraba; donde un extraño mira, pero no toca.
Avanzo hacia mi mesita de noche y noto que hay un silencio hermético en el lugar.
Algo me dice que es hora de irme, o quedarme para siempre. Atravieso el muro hacia la sala, bajo traspasando las escaleras y salgo por la puerta cerrada de la entrada, mis pies estan descalzos y suspendidos a un par de centímetros del suelo. Recorro la avenida a toda velocidad. Las luces de los carros se ven como rayas en un túnel y en cuestión de pocos segundos abro los ojos en mi cama. Mi nueva cama. Cualquier otra en un lugar nuevo en el que habito. Sigo soñando con aquellas paredes, traspasando otras escaleras, oyendo otros sonidos que no logran resonar como los de mi hogar. Aquel hogar donde ya no estoy ahora.
Caro
Camino hacia la puerta, sigo el mismo recorrido que tantas veces hice sin saber. Paso el umbral de la entrada, subo las escaleras, y este olor tan familiar me confirma que éste fue mi hogar. Todo está intacto, como lo dejé. Ahí estan mis fotos, ahí siguen mis libros donde quedaron el último día, y ahí se asoma la bici que aún se encuentra junto a la ventana.
Camino sigilosamente al balcón, como si no fuese mi territorio. Allí cuelga el móvil de metal que nos regaló mi abuelita, y el leve sonido del viento me lleva directamente a aquel verano cuando decidimos convertir este espacio en nuestro.
Entro en puntillas de pie, el piso no cruje como solía hacerlo antes. Giro hacia mi habitación donde recuerdo haber soñado tantas cosas bonitas. Este recinto tiene la atmósfera de un templo sagrado, donde cada cosa inspira un respeto infinito. Donde nadie mas entraba; donde un extraño mira, pero no toca.
Avanzo hacia mi mesita de noche y noto que hay un silencio hermético en el lugar.
Algo me dice que es hora de irme, o quedarme para siempre. Atravieso el muro hacia la sala, bajo traspasando las escaleras y salgo por la puerta cerrada de la entrada, mis pies estan descalzos y suspendidos a un par de centímetros del suelo. Recorro la avenida a toda velocidad. Las luces de los carros se ven como rayas en un túnel y en cuestión de pocos segundos abro los ojos en mi cama. Mi nueva cama. Cualquier otra en un lugar nuevo en el que habito. Sigo soñando con aquellas paredes, traspasando otras escaleras, oyendo otros sonidos que no logran resonar como los de mi hogar. Aquel hogar donde ya no estoy ahora.
Caro