Monday, March 26, 2012

Soñé lejos de mí






 
Esas cosas pasan muy pocas veces. Se abren compuertas que luego no se cierran más, dinteles por los que eventualmente dejaremos de pasar a causa del olvido, el lugar adonde van a parar algunos momentos, algunas personas, algunos lugares que fueron cercanos. Cuando ya todo lo que solía ser familiar no está, o sí está, pero está en esa carretera desierta en medio de un agujero en un plano indefinido de una realidad que alguien más sueña, sólo queda la melancolía, ese recuerdo vago cargado de las emociones que dejaron esas memorias borrosas...residuos emotivos que se deslizaron por ese umbral, que quedaron suspendidos y que ahora respiramos, percibimos. Eso es la melancolía.
 
Me enteré de mi sueño a través de él, quien viene a mí en forma de música, otras veces en forma de pensamientos, muchas de forma escrita, pero muy rara vez en forma de voz, lo que le confiere una atmósfera aún más onírica a este tema. 

Llegué a casa después de un largo viaje, abrí mi ventana y ahí estaba él narrándo mi sueño. Contaba con demoledora precisión aquello tan mío que algún día sentí y que colgué en medio de aquel viaje, en la penumbra de aquella carretera por la que nos deslizamos sin rumbo, en aquel restaurant en medio de la nada donde él absorbió todas estas pulsiones mías que quedaron suspendidas en ese no-lugar adonde van a parar las cosas lejanas.
 
Retiré mi vista algo empañada de la ventana y me pregunté si esta conexión entre nosotros existiría sin saber de todas maneras; si la tendríamos aún si nunca nos hubiéramos conocido. Me pregunto con cuantas otras personas que aún no conocemos y a quienes posiblemente jamás lleguemos a conocer estaremos así de conectados, y cuántos de los sueños que tenemos realmente les pertenecen a ellos y no a nosotros.
 
Hace algún tiempo todo dejó de tener sentido, cuando descubrí que las leyes del tiempo y del espacio pueden ser burladas. Desde ese entonces, las cosas suceden en una cadena de eventos sin cronología que acaban por tener perfecta lógica. 

He vivido algo nuevo. Me he perdido en mis sueños y me he  encontrado en ellos, soñados por una parte de mí que pulsa en otro cuerpo, que habita en otro lugar, en otro tiempo, y que me contiene a la vez que yo le contengo a él. 


Caro.


Thursday, March 22, 2012

El gran hermano





Es importante que escriba algo que parezca importante. En estos lugares donde producen cosas grises, opacas, hay que fingir que se trabaja. Y es precisamente por fingir que se trabaja que se producen cosas tristes, porque es gente oprimida. 

Mi metro cuadrado es un reservorio de pequeñas ventanitas hacia la libertad. Mi tiempo en blanco, los minutos muertos, cuando ya no hay nada más que hacer o en que ayudar, los aprovecho. Me rodeo de cositas brillantes, coloridas, que yo misma produzco porque no finjo esclavitud, sino que ocupo los momentos lentos en producir cosas que me gusten, que hagan sentirme bien, como esto, escribir...mi pequeña válvula de descompresión, combustible además para teclear, y para que los carceleros no descubran que estoy escapando de su triste sistema, y me atrapen, y me castiguen por permitirme un momento de felicidad. 

La felicidad está prohibida en estos lugares. La única que existe debe ser por alcanzar los números trazados en esas tristes reuniones grises. 


Pero ellos no saben que yo he encontrado un respiradero. Hace tiempo que sigo al conejo blanco hasta el fondo del hoyo adonde escapo cada vez que ellos me obligan a fingir que hago esa triste labor repetitiva en la que todos los demás languidecen.


Caro.

Monday, March 12, 2012

Toreros Muertos






Me imagino que todo aquel que está condenado a prisión, de alguna forma, termina evadiéndola mentalmente hasta llegar a un punto de desconexión tal que ya no se está donde está.  

Así es esta cárcel a la que vengo todos los días por obligación.  


Al principio era una tortura, porque ocupaba todo mi tiempo. Sentía que me invadía y se robaba mis horas y mis días por completo. Luego busqué escape con actividades que me ayudaran a sentir que no había perdido mi tiempo languideciendo moribundamente en eso triste que llaman trabajo, ahí encadenada a un puesto patético de asalariado. 


Fue así como comencé a sacarle el jugo a las pocas horas de libertad que me quedaban, disciplinándome para hacerlas rendir, pero aún habían cosas que tuve que sacrificar y dar por perdidas, como escribir posts como este. Luego poco a poco busqué maneras de darle una continuación a mi vida sin desatender mis responsabilidades y aprovechando algunas horas menos ocupadas para recuperar actividades que me complementan, a pesar de todas las cosas que ahora me lo pudiesen impedir.   

Es así como puedo sentarme a escribir, una mañana común y corriente, de cómo me viene a la memoria un recuerdo de mis 14 años en Caracas, cuando un domingo cualquiera, llegando de un fin de semana familiar, en el cruce de la Avenida Luis Roche de la Castellana hacia la primera transversal de Los Palos Grandes para llegar a nuestro hogar en Plaza Uno, vemos cruzar en la misma dirección a un grupo de chicos que marchaba como un pelotón de irreverentes al ritmo de "mi agüita amarilla" de Toreros Muertos, cantada a capella por ellos mismos. Me identifiqué de inmediato y comencé a tararear con ellos la canción, aunque en voz bajita.  Busqué entre ellos una cara, cualquier cara, alguna que pudiese resultar conocida, como si supiera que tenía que conocer a alguien en ese grupo. 

Eran chicos mayores que yo, por lo que ahora se me hace curioso que yo tuviera la extraña certeza de que encontraría a alguien conocido, y lo encontré. Entre todos ellos, uno de mi edad, mas bajito que el resto pero no menos parte del pelotón, no menos irreverente, marchando y cantando en el mismo trance que los demás, con esa confianza que trae el apoyo de sentirse en grupo, la confianza que otorga el pertenecer. Ahí estaba mi amigo N, y verle allí automáticamente me transfirió un sentido de complicidad contundente. 

Había comprobado que algo de mí estaba, de hecho, allí palpitando entre aquel grupo de chicos. Como quien busca su reflejo en un espejo y sabe lo que va a encontrar. Por un segundo pensé en comentarle a mi familia que uno de ellos era amigo mío, como cuando uno tiene la necesidad de alardear, pero supe en aquel instante que ese evento pasaría desapercibido en sus vidas, les dijera o no, que nada cambiaría, y me lo guardé. Así que los vimos cruzar mientras esperábamos a que el semáforo cambiara.

No lo se explicar, pero sentí una profunda compañía, aunque nadie mas en el mundo sabía lo que estaba viviendo en ese momento.   

Entonces sonreí. Ahora vuelvo a hacerlo.     


Caro.