Basta con observar detenidamente durante un período para ver cuándo se cierra un ciclo. La vida es un rulo, una espiral de ciclos que se repiten infinitamente hasta que llega un punto en que el tiempo observado comienza a revelar un panorama más predecible de las cosas. En medio de la complejidad y el ruido, la verdad se encuentra en la simpleza y el silencio. En esas condiciones podemos distinguir en el fondo de nuestra mente las correspondencias, vibraciones, polaridades, ritmos y causas y efectos en los que estos ciclos se generan. Pero como arriba es abajo, y como abajo es arriba, todo eso también se genera adentro de uno.
El momento crucial es detectar cómo uno lo registra intangiblemente, para entender el instante en que se puede cambiar todo a favor de una resonancia más armónica, y generar una alta coherencia que devenga en el equilibrio interior, para que, con el mismo principio de que como es adentro, es también afuera, esto complete su círculo.
La observación de cincuenta ciclos me abre a una comprensión de la realidad en la que la maestría en cómo usar el instrumento indispensable de la creación debería ser la prioridad más alta para desplegar todo nuestro potencial humano. Me refiero a la mente. Ella es la responsable de crear todo lo que existe y lo que está por existir. Todo parte de la mente, pero no nos damos cuenta de eso y actuamos interpretándola como un cavernícola lo haría con las llaves de un auto eléctrico: sin la más pálida idea.
Esta prioridad de entrenar mi mente en función de mi equilibrio interior me ha hecho sentir que el plano mundano material es maleable y que es muchísimo más fácil solidificar ideas y proyectos que sin entrenarla. La intuición parece hacerse más aguda cuando la mente está quieta y aprende a filtrar el ruido externo que la nubla. Comienzo a reconocer los ciclos, los momentos cruciales y las oportunidades, a entender cuándo el cuerpo me pide descanso, o más agua, o un paseo por la naturaleza. La calma mental es un muro que separa el trigo de la paja con una lucidez casi surreal.
La mente es el hilo conductor y mejor amiga cuando la entreno. Pero sostener esta práctica es todo un desafío. Requiere de compromiso, concentración y sobre todo amor propio. Gracias al principio de correspondencia, ese amor, como lo es para mí, también lo es para los demás.