Thursday, July 29, 2010

Así, muchos se vuelven uno





Han pasado ya varios días desde que salté en paracaídas, y la experiencia de volar es algo que todavía estoy tratando de entender. No me refiero al hecho de saltar de un avión al vacío desde 14.000 pies de altura en una caída libre eterna de 50 segundos, ni a planear por el aire durante 6 minutos haciendo piruetas centrífugas suspendida de un arnés. No. No es eso lo que estoy tratando de entender, sino todo lo que se movió en esos pocos minutos.

Hablo de perspectivas, de paradigmas, de lazos profundísimos de confianza, de algo rotundamente inolvidable, de cosas que nunca había sentido antes; de sentir lo que sentí con tanta intensidad, y del giro permanente que esto le dió a mi forma de ver las cosas, desde ese entonces y para siempre.

No sé que fue, no lo sé. Estoy pensando en voz alta.

No sé qué fue, pero cuando salté de ese avión era una persona, y cuando pisé la tierra 7 minutos después, ya era otra. Como si a esa a quien solía ser se le sumó un pedazo enorme de una nueva yo que vino a cambiarme la vida como la conocía hasta entonces, y como la veré desde ese momento en adelante.

Inevitablemente, y sin pensarlo, uno regresa con las prioridades derechitas, renovadas, cambiadas. Esto quizá sea algo colectivo, o mío solamente, no lo sé, no sé muchas cosas, pero para mí fue como si hubiesen arrojado un set de cinco piezas de lego desde las alturas y que éstas hubieran caído como un solo bloque compuesto en tierra firme. Al aterrizar sentí que cada uno de mis amigos con quienes salté eran parte de un mismo algo conmigo, y no pude sino sentir una gran felicidad de haber engranado con ellos, justo con ellos, gente increíble, especial, que ahora de algún modo siento parte de mí; de mi vieja yo y de mi nueva yo, junto con sus viejos y nuevos ellos.

He estado tratando de entender esto que me supera y que difícilmente logro hilar con palabras.

Pienso, y creo que ha sido una lección de humildad. De darme cuenta de que aún cuando uno crea que está viviendo la vida a plenitud, siempre habrá algo que la hará mejor.

La vida es insondablemente emocionante, sólo hay que saber dónde encontrar los botones para hacerla vibrar. Indiscutiblemente que la fortuna ha estado de mi lado para esto, pero me dí cuenta con más fuerzas que nunca, que no importa cuántos botones pulsemos, ni cuántas experiencias de este tipo tengamos, si no se comparten con alguien que lo viva de la misma forma que uno. Creo que es esa la clave. Mil experiencias solitarias llenas de adrenalina no se comparan con una sola en compañía de gente con quien compartirla.

Así que todo vuelve a la reciprocidad, la fuerza que, para mí, es lo que mueve al mundo e impulsa al amor, la felicidad y todo lo que gire en dirección de las agujas del reloj, incluyendo la fuerza vital, que gira en ese mismo sentido en el que dimos vueltas en el aire por encima de las nubes el día en que nos lanzamos al vacío.



–Caro

Wednesday, July 21, 2010

La nuestra es agua de río mezclada con mar



Cidade Maravilhosa


Estuario.

(Del lat. aestuarĭum).

1. m. Desembocadura de un río caudaloso en el mar, caracterizada por tener una forma semejante al corte longitudinal de un embudo, cuyos lados van apartándose en el sentido de la corriente, y por la influencia de las mareas en la unión de las aguas fluviales con las marítimas. –RAE


Un lugar donde se mezcla lo dulce y lo salado, similar a cuando las lágrimas alcanzan la comisura de los labios y entran en la boca. No es algo muy frecuente, pero pasa, y todos hemos estado allí, pero pocos pertenecemos a ese no-lugar.

Así es el estuario donde habito. Era parte de uno, ahora soy parte de dos mundos y he desembocado acá, en el medio, entre el río y la playa. Aunque por mucho tiempo me consideré de agua dulce, después de haberme adaptado acá, no puedo evitar que las mareas también afecten mi concentración salina. Es así, punto.

Luego de algún tiempo se te olvida si es el río el que endulza al mar o al revés. El hecho es que ahora vivo aquí y soy así, sin cuestionarlo mucho, sin pensarlo demasiado.

Un día es el mar el que entra a salar la desembocadura del río y otro día es el caudal del río el que sale a endulzar al mar; un día entregamos alegrías y otros días las recibimos, sin saber, y nos adaptamos, y terminamos por necesitar ese poquito del otro de la misma forma en que antes vivíamos sin algo que ahora consideramos irremediablemente necesario; y nos detenemos a recordar cómo es que alguna vez pudimos vivir sin aquello.

El hecho es que hay personas y circunstancias que cambian para siempre quienes somos, e irrevocablemente, quienes seremos; un día fui yo quien causó ese cambio en alguien, hoy me toca a mi recibirlo.

Levanté el teléfono para llamarte esta mañana, y sin querer te cambié el día. Hoy provoqué una marea de agua salada en tu río de agua dulce, y aunque no es culpa de nadie, por un segundo sentí que a nuestro estuario se lo había tragado el mar.



–.

Saturday, July 10, 2010

Confesiones de una mujer bala



Trazo estelar



Pedí cambios, los tuve. Los tengo, y grandes.

Por un buen tiempo sentí que mi vida había alcanzado una velocidad crucero en la que las cosas pasaban a un ritmo bastante estable.

Poco a poco, y por razones que desconozco, entré en una especie de letargo en el que la vida iba más rápido que yo, y que lo que me unía a ella era como una tira elástica que se iba estirando más y más a medida en que la vida avanzaba y yo me iba quedando. Hasta que un día, eso que me retenía me soltó y salí disparada, en un tirón vertiginoso hacia ella. No solamente la alcancé, sino que la pasé a toda velocidad, en un vuelo rasante del que aún continúa el impulso.

Ahora la liga se ha vuelto a tensar; esta vez soy yo quien la hala, y ella me persigue.

Wednesday, July 07, 2010

Bis


Independencia


Es tarde y estoy con el carro estacionado frente a casa.

Es tarde. Tarde para todos, tarde para él, para tí, y para mí.

Su tardanza nada tiene que ver con la nuestra. Su tardanza es una perpetua, condena de por vida; la nuestra es sólo de esta noche, o de todos los días desde que nos encontramos, finalmente, porque era inminente saber de nuestras existencias.

Es tarde y miro hacia la oscuridad del bosque a esta hora en la que nadie ve, en la que todos duermen. Miro hacia arriba por la ventana del techo y la noche es testigo de esta soledad.

Es plena madrugada y pienso que al otro lado del mundo es temprano. Que todo ying tiene su yang, y que para toda situación existe su opuesto pasando simultáneamente en otra parte del planeta.

Para otros es temprano, y están a tiempo de comenzar.

Para ellos, tú y yo debimos habernos visto hace tiempo, pero no es tarde. No lo es tampoco para tí ni para mi, según ellos. O sea que de alguna manera, tú y yo estamos a salvo. Pero ¿y él? No. Él no.

Es tarde y he perdido el sueño, aunque se que tú duermes profundamente.

Es tarde, pienso a estas horas y me transformo en un rompecabezas. Por alguna razón ciertas pistas claras pierden sentido y resultan ambiguas, luego opuestas, y así, hasta perder todo significado que pude haberles dado en su momento. Me pregunto si les asigné un vértigo, o venían con él incorporado.

Es tarde y me lleno de pequeñas dudas que se esfuman en los primeros minutos después de que suena el despertador.

Un día te levantarás y al escoger lo que vas a ponerte para salir, irremediablemente, pensarás en mí.