La resaca era fuerte, y a pesar de ser una buena nadadora, la corriente me imposibilitaba avanzar mientras tiraba las brazadas más furiosas que ni en las competencias más reñidas había llegado a mostrar.
Esta vez nadaba por mi vida, no por una medalla en una competencia de natación. En cada patada entendía el valor de respirar como jamás llegué a hacerlo ni en mis momentos de mayor introspección. En esos instantes me di cuenta de todos mis errores y de lo desconsiderada que alguna vez fui con los demás, quizá muy a menudo, sin darme cuenta. Ahora cada brazada me hacía entender más a fondo todo eso. Cada bocanada de aire que lograba ganarle a la corriente que me arrastraba hacia el remolino oscuro en el que terminaría siendo tragada equivalían a años de entendimiento, pero ya era muy tarde y no había nada que pudiese salvarme para corregir lo que había hecho mal. Era tarde y me había dado cuenta de la transitoriedad de la vida. De mi vida.
Todos sabemos que algún día moriremos, pero cuando se entiende que viene el momento, nunca es como uno se lo imaginó. Llega en un corrientazo helado en la espalda y un vacío enorme en la boca del estómago. "Entonces es así que me toca. No quería que fuera de esta forma. No así."... Pero la verdad es que llegue como llegue, uno jamás está listo para aceptarlo.
El agua me arrastraba con una furia demoníaca, pero seguía pateando y dando brazadas olímpicas. Y en cada una, seguía viviendo el equivalente a diez años más de entendimiento.
Esos minutos antes de que me tragara el mar valieron toda mi vida, literalmente. Nunca antes crecí tanto como persona.
Hoy guardo nostalgia de aquella hermosa vida que tuve, y a la que abrí los ojos demasiado tarde.
Caro.
Caro.
