Tuesday, December 29, 2009

Instantáneas de un colgado

Que brillante fuiste, 2009

Sentía que algo le faltaba, y no era lo obvio, aunque bastante tenía que ver con el naufragio en el que se había visto involuntariamente envuelto al quedar aislado del mundo que le rodeaba, casi como quedaban los pacientes que padecían de lo que los patólogos llamaban síndrome del encierro: una extraña condición de afasia expresiva en la que la persona entiende perfectamente lo que le dicen, pero no puede gesticular palabra.

Este no era su caso, aunque llegó a sentir lo que suponía debían sentir los que sufrían de esa dolencia, especialmente cuando recibía emociones muy fuertes y la gente esperaba por alguna razón alguna reacción inmediata. No podía. Había descubierto esta especie de discapacidad, de reflejos emocionales con efectos retardados. Algo que muchos criticaban, pero que en los libros pocos consideraban como una virtud. Eso que llaman inteligencia emocional...o almenos ese fue su consuelo.

Se sentó en su sillón de siempre a decantar todo cuanto pudiese recordar de los últimos doce meses. Puso la música que había estado recolectando durante ese tiempo en orden regresivo. Se impresionó de cómo las melodías iban transportándole hacia aquel momento, aquel lugar, aquellos recuerdos tan específicos de cada nota, con una lucidez que jamás hubiera alcanzado a no ser por el estímulo musical y los tragos de scotch que sorbía de vez en cuando para relajarse y dejarse llevar.

Se reclinó y una extraña onda antigravitacional le hizo sentir que levitaba. Se vio desde arriba, en tercera persona, en una sensación envolvente de vientre materno, como el bebe que flota en los sonidos sordos y opacos que se cuelan hasta el saco amniótico donde descansa tranquilamente en esa luz rojiza que apenas deja pasar el tejido abdominal de la madre, y ahí quedó recordando, levitando, oyendo música...allí quedó...flotando...

Monday, December 14, 2009

Feeling good, we're feeling alright, yeah...


Soñar no cuesta nada


Hoy es de esos días en los que esperas algo medio sombrío y resulta que trae todo lo contrario. Es el clima que a veces nos engaña. Supongo que es una calle de doble vía, que lo mismo que se aplica para cualquier día bonito que pueda arruinarse, se aplica para cualquier día feo que pueda arreglarse.

Amaneció gris y bajo cero en Charlotte, como muchos de estos días últimamente. Demasiados, para mi gusto. Una cita médica, un resultado normal, la vida -que ya era beia- continúa siéndolo, independientemente de lo que pase, se las arregla para ponerse cada vez mejor.

Sin querer contar demasiado, sentí la necesidad de venir a mi pequeño rincón de desahogo para dejar escrito que soy feliz. Eso es todo. Que aprecio cada segundo de vida y de salud, cada persona que se acerca a mi vida y que es parte de ella, cada palabra de aliento en un momento difícil, o en cualquier momento; valoro un día de sol, la compañía moral, la soledad tan acompañada que tengo. Y esto es algo bueno.

Descubrí que todos estamos irremediablemente solos, y que son las conexiones de corazón a corazón lo que vence cualquier sensación de desasosiego. Llegué a la conclusión de que sentirse solo no es cuestión de la ausencia de compañía, porque he comprobado que es posible sentirse un náufrago en un mar de gente, sino lo que libera a una persona de su propio cláustro es tener a alguien quien le entienda y conozca las cosas que pasan en tu mundo interior. En el momento en que eso sucede, no importa la distancia, no estamos solos.

Felicidade não tem fim. Saudade tampoco.

Hasta pronto. Hasta siempre.


Caro

Friday, December 11, 2009

El día que bailamos Mr. Bluesky



Mr. Bluesky


Lo recordé vívidamente anoche bajo los efectos del humo enrarecido del salón donde tocaban otra música que nada tenía que ver con ésta, y entre visiones nítidas de personas bailando, éste recuerdo iba poniéndolo todo borroso a mi alrededor, y así me desconecté de ese lugar, y me fui lejos a aquel día en el que viajé seis horas hacia el futuro para encontrarme proyectada en alguna dimensión con mi compañero de baile.

Nunca había bailado con nadie ese tema. No con un cuerpo, mucho menos con una voz, aunque ésta saliera de él, una persona de verdad, alguien del pasado remoto que venía regresando del futuro en aquel instante en que nos cruzamos por casualidad.

No nos buscábamos, pero nos conseguimos en un flash estroboscópico, y nos pusimos a bailar en una visita que duró exactamente el largo de la canción. Bailamos desquiciadamente sin vernos, pero sabíamos que el otro también lo hacía, y de pronto nos dimos cuenta de que nuestros pies ya no tocaban el suelo.

Un efecto similar a la conexión que se siente cuando dos personas van juntas a un concierto, que saben que el otro está percibiendo el mismo estímulo sensorial que uno; o cuando se llega a esa página del libro donde sabes que te esperan. Esa conexión. Esa sensación certera de que el otro está en el mismo lugar sin estarlo.

Cosas que no se olvidan jamás, como las cicatrices.

Siempre les tuve rechazo, sobretodo en mi propio cuerpo. Nunca tuve una hasta hace hace seis años, cuando me operaron la pierna sin anestesia. Odié esa marca, por todo el dolor que me recordaba y sobretodo por el hecho de que sería permanente.

Esta vez he aprendido que hay también cicatrices buenas. Marcas que permanencen de alegrías activadas por recuerdos increibles. Y, contrario a lo que me provoca esa cicatriz que tengo en mi perna izquierda, me reconforta saber que, a pesar de lo olvidadiza que yo pueda llegar a ser, ésta también va a permanecer conmigo para siempre.


Caro


Música: Tan Lejos, Tan Cerca - Cosmonauta

Tuesday, December 08, 2009

Permanencias ilusorias que parecen reales y quizá lo sean


Siempre vuelvo


La lluvia en invierno tiene mucho de esto, de ponerte en una dimensión lejana a la presente, en una que todavía no se hace vieja. Como si cada partícula de humedad en el ambiente estuviera compuesta de sensibilidades pasadas que respiras y no puedes evitar, que te abrazan, te envuelven, te hacen parte y te llevan en un trance alucinante de recuerdos táctiles de once meses atrás, cuando todavía hacía frío y extrañabas; mismo carro, mismas calles, misma gente; misma soledad acompañada.

Al parecer hay ciertas cosas que no cambian. Tendencias de vida que nos siguen a todas partes. Ésta en particular no me molesta. La conozco muy bien como para no agarrarle cariño.

Vuelvo a la tranquilidad de mi pequeña casa, de mi pequeño mundo, de mi rutina de no-horarios, de mis largos trayectos oyendo música mientras manejo por toda la ciudad. Tiempo para pensar en las cosas que termino escribiendo sin ningún propósito; tiempo para cantar en la ducha, de ser la Supertramp, de sondar en mis ideas, de entender muchas cosas de mí misma, y de cuestionar muchas otras también.

Vuelvo a soñar con caminantes espaciales, risas de helio (de las que te hacen flotar torpemente a pocos metros del suelo); vuelvo a lo alto de esa torre, a aquel cyber café, a esas llagas en los pies de tanto caminar que ahora recuerdo con nostalgia; a ese sorbo de mate, aquel paseo en moto, el olor a incienso durante el gongyo; vuelvo a pedalear en bici por el lago, a aquel mojito inconfundible, aquella bocanada de humo que emanó de sus pulmones, ese limbo entre aquí y allí, vuelvo a dormir, vuelvo a despertar y seguir soñando.

Vuelvo. Siempre vuelvo.



Caro