Sentía que algo le faltaba, y no era lo obvio, aunque bastante tenía que ver con el naufragio en el que se había visto involuntariamente envuelto al quedar aislado del mundo que le rodeaba, casi como quedaban los pacientes que padecían de lo que los patólogos llamaban síndrome del encierro: una extraña condición de afasia expresiva en la que la persona entiende perfectamente lo que le dicen, pero no puede gesticular palabra.
Este no era su caso, aunque llegó a sentir lo que suponía debían sentir los que sufrían de esa dolencia, especialmente cuando recibía emociones muy fuertes y la gente esperaba por alguna razón alguna reacción inmediata. No podía. Había descubierto esta especie de discapacidad, de reflejos emocionales con efectos retardados. Algo que muchos criticaban, pero que en los libros pocos consideraban como una virtud. Eso que llaman inteligencia emocional...o almenos ese fue su consuelo.
Se sentó en su sillón de siempre a decantar todo cuanto pudiese recordar de los últimos doce meses. Puso la música que había estado recolectando durante ese tiempo en orden regresivo. Se impresionó de cómo las melodías iban transportándole hacia aquel momento, aquel lugar, aquellos recuerdos tan específicos de cada nota, con una lucidez que jamás hubiera alcanzado a no ser por el estímulo musical y los tragos de scotch que sorbía de vez en cuando para relajarse y dejarse llevar.
Se reclinó y una extraña onda antigravitacional le hizo sentir que levitaba. Se vio desde arriba, en tercera persona, en una sensación envolvente de vientre materno, como el bebe que flota en los sonidos sordos y opacos que se cuelan hasta el saco amniótico donde descansa tranquilamente en esa luz rojiza que apenas deja pasar el tejido abdominal de la madre, y ahí quedó recordando, levitando, oyendo música...allí quedó...flotando...
Este no era su caso, aunque llegó a sentir lo que suponía debían sentir los que sufrían de esa dolencia, especialmente cuando recibía emociones muy fuertes y la gente esperaba por alguna razón alguna reacción inmediata. No podía. Había descubierto esta especie de discapacidad, de reflejos emocionales con efectos retardados. Algo que muchos criticaban, pero que en los libros pocos consideraban como una virtud. Eso que llaman inteligencia emocional...o almenos ese fue su consuelo.
Se sentó en su sillón de siempre a decantar todo cuanto pudiese recordar de los últimos doce meses. Puso la música que había estado recolectando durante ese tiempo en orden regresivo. Se impresionó de cómo las melodías iban transportándole hacia aquel momento, aquel lugar, aquellos recuerdos tan específicos de cada nota, con una lucidez que jamás hubiera alcanzado a no ser por el estímulo musical y los tragos de scotch que sorbía de vez en cuando para relajarse y dejarse llevar.
Se reclinó y una extraña onda antigravitacional le hizo sentir que levitaba. Se vio desde arriba, en tercera persona, en una sensación envolvente de vientre materno, como el bebe que flota en los sonidos sordos y opacos que se cuelan hasta el saco amniótico donde descansa tranquilamente en esa luz rojiza que apenas deja pasar el tejido abdominal de la madre, y ahí quedó recordando, levitando, oyendo música...allí quedó...flotando...



