Saturday, May 30, 2026

Mamushka de simbologías


Hace ocho años, cuando estaba embarazada, tuve un sueño que todavía recuerdo con mucha nitidez.

Entraba en una cabaña construida dentro de un árbol muy grande en el medio de un bosque selvático, como decir el Henry Pitier. El interior del árbol formaba un solo ambiente. Afuera ya era de noche, como siempre en todos mis sueños.

Dentro, el espacio era rústico y acogedor. En el centro había una mesa robusta y rectangular de madera rústica, iluminada por una lámpara colgante en el centro. Daba la sensación de una mesa de laboratorio. Alrededor, siguiendo la curva interior del tronco, había estantes con frascos y objetos que recordaban a una botica antigua o al taller de un naturalista. Sin embargo, de cierta forma minimalista. Todo era limpio, ordenado y despejado. Se nota que el espacio no era usado como una casa.

No había nadie, pero yo sabía que estaba segura.

De pronto se abrió la puerta y entró mi papá.

Venía desde la lluvia. Su chaqueta negra de cuero estaba empapada y las gotas resbalaban por las mangas mientras avanzaba hacia la mesa. Traía entre los brazos con el lenguaje corporal de quien encontró exactamente aquello que fue a recolectar un paquete envuelto en papel periódico.

Lo puso bajo la lámpara y comenzó a desenvolverlo con cuidado, pero con la prisa de quien quiere mostrar lo que trae.

Dentro había unos quince hongos azules.

Me llamó la atención su color. De cierta forma, era como si yo lo estuviera esperando. Los extendió sobre la mesa y me explicó que lo único que nos interesaba de ellos eran sus esporas, de un azul aún más intenso.

Recuerdo la sensación de poner la misma atención que cuando quiero aprender algo.

El mismo tipo de ritual de aprendizaje cuando de niña me enseñaba a beber agua de coco directamente del fruto, a chupar caña de azúcar recién cortada o a silbar con una hebra de pasto entre los pulgares. Una forma de conocimiento que se aprende con las manos, con los sentidos y con el asombro de la primera vez.

Seguí sus instrucciones y procedimos a lamer las esporas.

Después me indicó que podía sentarme tranquila junto a la ventana. Afuera veía la lluvia caer en esa selva imposible de hermosa.

—Espera a que llegue el efecto —me dijo.

Y añadió que regresaría pronto mientras salía calmadamente por la puerta.

Yo estaba serena, sabiendo que aquello me haría bien. Confiaba completamente en su cuidado. Cerré los ojos y me dejé llevar apenas sentí un aura de que algo estaba por pasar.

No recuerdo imágenes concretas. No recuerdo mensajes ni revelaciones. Lo que recuerdo es una inmensa sensación de paz. Un bienestar que trascendía cada pared del árbol, del bosque, de la lluvia y de mí misma.

Y eso es todo lo que recuerdo.

Han pasado muchos años desde entonces. He olvidado miles de sueños, pero este permanece conmigo. 

Recientemente, haciendo hiking en algún sendero en los alrededores de Winston-Salem, vi los mismos hongos azules, idénticos, llenos de esporas, de color azul intenso. Se llaman "hongos de leche azul" u "hongos lactarios azules". Me llama la atención el término lactario y su cercanía con el embarazo.

Quizá porque pasó durante un momento de transformación en mi vida. Quizá porque mi padre aparece en él exactamente como lo percibía en mi niñez: amoroso, protector y cuyo lenguaje de amor es la transmisión de conocimiento, como el de experimentar la naturaleza y las sorpresas fascinantes que guarda con curiosidad y maravilla.

O quizá porque, incluso ahora, vuelve a mí la misma sensación que tuve aquella noche en el sueño:

La certeza de estar a salvo en medio de un maravilloso misterio.

Sunday, May 03, 2026

La maravilla de tu vida




Ayer sabía lo que quería, pero fuerzas externas no colaboraron. Hoy esas mismas fuerzas se alinean a mi favor, pero perdí las ganas y la iniciativa para hacer planes. ¿Qué le vamos a hacer? A veces los factores no coinciden y las cosas no pasan cuando uno quiere.

Salgo a caminar para entender qué quiero. Me muevo, busco en el cuerpo lo que la mente no termina de ordenar y, mientras escucho mi playlist Obsesiones, el camino se abre hacia adentro. Y ahí, como siempre, te encuentro a ti, Rocco, en el centro de mi corazón. Mis ganas de verte feliz son inagotables.

Miro videos de cuando eras pequeño y me doy cuenta de que todavía no entendía tu idioma. Dejaba pasar, sin darme cuenta, lo que ahora veo como claras señales de comunicación. Perdóname, Rocco. Aún no te conocía como ahora te conozco. Perdóname por todo lo que no supe ver, por todo lo que no supe entender… y por todo lo que seguramente todavía se me escapa.

La culpa me ronda todo el tiempo. Me obsesiona querer ser tu llave maestra, tu compañera en este mundo. No sé si lo estoy haciendo como tú lo deseas, pero estoy haciendo lo mejor que puedo. Perdóname por mis limitaciones mundanas, por todo lo que me impide conectar contigo a un nivel más profundo, en esa frecuencia en la que habitas.

Trato —a veces con más acierto que la mayoría— de establecer una conexión genuina como tendencia base, un espacio donde sientas que fluimos con el universo. Pero eso requiere un nivel de presencia y concentración que, con el cansancio de lo cotidiano, muchas veces no alcanzo. Perdón por no llegar siempre a ese punto de encuentro, a ese lugar donde estás.

Entrar en tu mundo es un ejercicio de alta intensidad para una mamá de 46 cromosomas como yo. Perdona mis limitaciones, tan humanas, tan evidentes.

Si hay algo de lo que no hay, ni habrá nunca, ninguna duda, es que te amo con todo mi ser. Verte feliz es lo más hermoso que me puede pasar. Ver que creces sano, alcanzar tus hitos, es magia pura. Y quiero vivir muchos años para seguir siendo testigo de la maravilla de tu vida.

Eternamente,

Mamá.

Saturday, May 02, 2026

Feliz como Lázaro


En mi búsqueda de abrir cada vez más la consciencia, me observo. Observo lo que pienso, lo que digo, lo que hago. A veces con claridad, a veces en medio del ruido. Me acompaño de la introspección, de la autoobservación y de Nam Miojo Rengue Kio como medio hábil. Lo que busco, en el fondo, es simple: ser cada vez más inclusiva, emitir menos juicios y poder, en algún momento de singularidad, abarcar a la totalidad desde un respeto profundo por la dignidad de todos-los-seres, incluida la mía, claro. Sin perderme. Pienso que es el camino para sentirme una con el universo como busco hacerlo.

Para ello me la paso aprendiendo. Probando caminos, equivocándome, cambiando de dirección cuando algo no resuena, quedándome cuando sí… para que la experiencia de la vida se vaya revelando. Voy reconociendo patrones, sensaciones, pequeñas certezas que aparecen con el tiempo, y desde ahí pondero si por ahí van los tiros.

Últimamente me viene mucho la imagen de Lazzaro, de la película italiana Lazzaro Felice. Recuerdo que cuando la vi me pareció lenta, casi aburrida… pero hubo algo en el personaje principal que me atravesó al punto de acordarme todavía de él. Su forma de ser, tan sencilla, tan disponible, tan profundamente bondadosa. Un joven que no entra en conflicto, que no se defiende, que no reacciona desde el enojo, sino que simplemente es y acepta que los demás sean. Y aunque el mundo a su alrededor no sabe qué hacer con eso, hay algo en esa forma de estar que me conmueve profundamente.

Me interesa cultivar una forma de ser más simple, más abierta. Una bondad que no venga desde el esfuerzo, sino desde la primera reacción. Es decir, menos atrapada en los enrosques internos inherentes al avatar de carbono que habitamos, lleno de ruido mundano, de reacciones automáticas.
A veces siento que ese ruido es un velo que nos separa a todos de la apertura de consciencia donde se accede a La Tierra de la Luz Tranquila. Me doy cuenta de que cuando me dejo arrastrar por las emociones, me distraigo. Me canso. Y me alejo de esa sensación de plenitud que quiero sostener como tendencia de vida.

Tal vez de eso se trate todo esto. De cultivar intencionalmente la inocencia, como cuando éramos niños, y volver a esa paz interior donde todavía no había ruido.