Cuando recuerde esta cirugía, las cosas que se van a quedar conmigo, aparte de las que más disfruté (como el gas de la risa antes de entrar en quirófano), van a ser las cosas que mis amigos hicieron por mí. Cosas que hicieron porque mi familia está muy lejos. Cosas que nadie más haría si no se les pagara. Cosas que se quedan conmigo porque lo hicieron con cariño, sin condiciones, espontáneamente, sin filtros, sin pensarlo. Cosas que hicieron por mí.
De esta experiencia me llevo el madrugonazo, el ánimo, la compañía, los cuidados, la paciencia, el compromiso incesante, absoluto y franco de Angie, mi gemela, puente de comunicación entre el mundo de afuera y yo durante mi operación, quien en medio de mi momento más necesitado me bañó con pañitos húmedos para no mojar la herida, justo cuando ya mi tanque de dignidad post operatorio estaba marcando "low". Hizo por mí hasta lo más mínimo; prender la luz, cerrar las persianas, ayudarme a caminar, subirme al asiento del carro, alcanzarme el teléfono que estaba a pocos metros de mi alcance; hizo por mí hasta lo más grande, como firmar mi dada de alta del hospital como responsable del paciente y entrar en mi lista de contactos de emergencia médica. Responsable de esos esfuerzos físico-emocionales que se asumen sin mirar el cansancio que se tiene porque la prioridad es uno en ese momento, adoptando un slogan tipo "trabaje ahora, descanse después", como sólo una hermana querida lo hace por otra. Me llevo esto tatuado a fuego en mi memoria emotiva más entrañable.
También me llevo el recuerdo de la lavada de pelo que Lali me dio en la tina de mi baño, sin poderme meter al agua, inventando resolver mi necesidad con recursos improvisados para mi comodidad, y el diálogo jocoso con el que hizo la tarea, mostrando comprensión de esa humildad que hay que tener como paciente para dejar que otros hagan por uno las cosas que sólo uno hace por uno mismo.
Se quedan conmigo los emails de Doris, compañera de trabajo queridísima, y la cremita de vegetales que preparó para mí el día anterior a la operación, además de su compañía maternal poco antes de la cirugía, junto a María, otra dulzura de persona, también compañera nuestra de trabajo, quien también llevó para mí una camarita desechable de fotos (con la que quedó todo documentado vesícula incluida) y al día siguiente se presentó en mi casa con más caldito de pollo con vegetales para mi recuperación.
Queda grabado el bochinche que armaron Colo, Doris, María y Ceci en mi cuartito preoperatorio. Mi pandilla de amigas intérpretes que vinieron juntas al mejor estilo de un flash mob: inesperado, alegre, sobrecogedor, incontrolable. La mano que me sostuvo Marlene apenas salí del quirófano y la tarjeta que me entregó Graham de parte de ellos dos.
El paquete que encontré en la puerta de la casa al regresar del hospital, que al abrirlo, contenía nada más y nada menos que el mug de mi personaje favorito de novela trágica, Soraya Montenegro gritando histéricamente "Maldita Lisiada", y cuyo remitente leía Cesar Bahamon...priceless. Reí aguantando el dolor en el ombligo, tanto como puede hacerlo alguien que aún está bajo los efectos narcóticos de la operación. Ese es un recuerdo físico al que me aferro como un tesoro.
Bea vino al día siguiente a acompañarme a almorzar. Ese momento se queda conmigo. Esa conversación de la vida como la tuvimos de corazón a corazón en la sala de casa no la dejo ir nunca más.
Las innumerables llamadas, mensajes, emails, textitos, palabras de aliento por las redes sociales de todos los que estaban pendientes de mi operación, entre los cuales están familiares y amigos queridísimos que se encuentran lejos, e incluso gente que no me conoce, o que lo hace, pero sólo por referencia. Cada contacto queda marcado a fuego.
Luego mis amigos Bea, Lali, Lee, Gastaldi, Dorothee, JR, Sebastián (quien revivió mi iPhone!), Jimmy, Graham y por supuesto la negra, que vinieron a casa. Mi pandillita estuvo para visitarme y para hacerme sentir más acompañada entre vinitos y fire-flies, mientras yo bebía mi leche para pasar las pepas de hydrocodone en mi taza de la maldita lisiada.
Todas estas cosas me hacen entender, que quizá no solamente no cuesta mucho hacerme feliz, sino que digo esto porque cuento con los mejores amigos del mundo, y los tengo aquí cerquita conmigo, y son todas personas maravillosas por las cuales yo retribuiría todo lo que han hecho por mí sin parpadear.
Con todo esto lo que quiero decir es gracias.
Inmensas, infinitas, totales.
Caro
2 comments:
Grande, Cayoyin. Eres grande!
Te quiero!!
Post a Comment