Hay, sin duda alguna, una conexión directa entre el indivíduo y el medio ambiente. Claro que la hay. La puedo sentir todos los días en mi piel; unas veces más que otras, pero siempre está ahí. El entorno influye mucho en las decisiones que tomamos a diario, a cada instante, y nos hace tejer la curiosa y aparentemente aleatoria trama de nuestras vidas.
El invierno es un fuerte catalizador de esta conexión. El frío te hace querer encerrarte en tí mismo, te aparta de la gente. Te desconecta de los demás, y te impulsa con inminencia hacia dentro de tí. Ensordece con una gruesa capa de hielo algunas sensaciones que se hacen ineludibles luego cuando estamos solos, en la tibieza de nuestra intimidad. Como si al acostumbrarnos a estar debajo de tantas capas de abrigo, también cubrimos todo lo que sentimos, pero al llegar a casa y quitarnos todo, también sale a flote todo eso que hemos estado acumulando durante el día y tenido ahí atrapado debajo de la ropa.
Ésta vulnerabilidad me hace especialmente suceptible a las miles de señales que nos bombardea el entorno durante el día, cuando vamos al trabajo, cuando estamos a solas, pero sobretodo y muy por encima de cualquier cosa, cuando interactuamos con otros.
Desde hace unos años, mi medio ambiente, ésta enorme burbuja donde prentendí encajar hace mucho tiempo, viene dándome señales que al principio eran sordas, pero cada vez se vuelven más agudas, y que me llevan a tener que abrir bien los ojos. Me pone ante dos enormes gigantes y una sola decisión. Me obliga a ver la desconexión entre como siempre quise ver este lugar y lo que el entorno se empeña en repetirme constantemente en forma de bofetadas de realidad.
Llega un momento en la vida de las personas en el que uno se encuentra ante una encrucijada, entre un ahora o nunca, irse o quedarse para siempre. Yo escojo ahora, y escojo irme.
Caro.

1 comment:
Nuestro medio ambiente nos moldea, así como nosotros podemos darle matices nuestros. Es cuestión de saber qué nos puede enriquecer más
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