Me imagino que todo aquel que está condenado a prisión, de alguna forma, termina evadiéndola mentalmente hasta llegar a un punto de desconexión tal que ya no se está donde está.
Así es esta cárcel a la que vengo todos los días por obligación.
Al principio era una tortura, porque ocupaba todo mi tiempo. Sentía que me invadía y se robaba mis horas y mis días por completo. Luego busqué escape con actividades que me ayudaran a sentir que no había perdido mi tiempo languideciendo moribundamente en eso triste que llaman trabajo, ahí encadenada a un puesto patético de asalariado.
Fue así como comencé a sacarle el jugo a las pocas horas de libertad que me quedaban, disciplinándome para hacerlas rendir, pero aún habían cosas que tuve que sacrificar y dar por perdidas, como escribir posts como este. Luego poco a poco busqué maneras de darle una continuación a mi vida sin desatender mis responsabilidades y aprovechando algunas horas menos ocupadas para recuperar actividades que me complementan, a pesar de todas las cosas que ahora me lo pudiesen impedir.
Al principio era una tortura, porque ocupaba todo mi tiempo. Sentía que me invadía y se robaba mis horas y mis días por completo. Luego busqué escape con actividades que me ayudaran a sentir que no había perdido mi tiempo languideciendo moribundamente en eso triste que llaman trabajo, ahí encadenada a un puesto patético de asalariado.
Fue así como comencé a sacarle el jugo a las pocas horas de libertad que me quedaban, disciplinándome para hacerlas rendir, pero aún habían cosas que tuve que sacrificar y dar por perdidas, como escribir posts como este. Luego poco a poco busqué maneras de darle una continuación a mi vida sin desatender mis responsabilidades y aprovechando algunas horas menos ocupadas para recuperar actividades que me complementan, a pesar de todas las cosas que ahora me lo pudiesen impedir.
Es así como puedo sentarme a escribir, una mañana común y corriente, de cómo me viene a la memoria un recuerdo de mis 14 años en Caracas, cuando un domingo cualquiera, llegando de un fin de semana familiar, en el cruce de la Avenida Luis Roche de la Castellana hacia la primera transversal de Los Palos Grandes para llegar a nuestro hogar en Plaza Uno, vemos cruzar en la misma dirección a un grupo de chicos que marchaba como un pelotón de irreverentes al ritmo de "mi agüita amarilla" de Toreros Muertos, cantada a capella por ellos mismos. Me identifiqué de inmediato y comencé a tararear con ellos la canción, aunque en voz bajita. Busqué entre ellos una cara, cualquier cara, alguna que pudiese resultar conocida, como si supiera que tenía que conocer a alguien en ese grupo.
Eran chicos mayores que yo, por lo que ahora se me hace curioso que yo tuviera la extraña certeza de que encontraría a alguien conocido, y lo encontré. Entre todos ellos, uno de mi edad, mas bajito que el resto pero no menos parte del pelotón, no menos irreverente, marchando y cantando en el mismo trance que los demás, con esa confianza que trae el apoyo de sentirse en grupo, la confianza que otorga el pertenecer. Ahí estaba mi amigo N, y verle allí automáticamente me transfirió un sentido de complicidad contundente.
Había comprobado que algo de mí estaba, de hecho, allí palpitando entre aquel grupo de chicos. Como quien busca su reflejo en un espejo y sabe lo que va a encontrar.
Por un segundo pensé en comentarle a mi familia que uno de ellos era amigo mío, como cuando uno tiene la necesidad de alardear, pero supe en aquel instante que ese evento pasaría desapercibido en sus vidas, les dijera o no, que nada cambiaría, y me lo guardé. Así que los vimos cruzar mientras esperábamos a que el semáforo cambiara.
No lo se explicar, pero sentí una profunda compañía, aunque nadie mas en el mundo sabía lo que estaba viviendo en ese momento.
Entonces sonreí. Ahora vuelvo a hacerlo.
Caro.

2 comments:
En que trabajas que se ha vuelto tan miserable el ir cada día?
Hola ¿quien eres? Trabajo de 8 a 5, de lunes a viernes. ¿No es terrible?
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