Es domingo, y Sade me da un bajón. Craig David me hunde. Y DMB me transporta a un pasado al que quise mucho, pero que no quiero volver. No puedo, ya fue. Ahora abrazo la eterna incertidumbre de la belleza atrapada en el miedo. Ese futuro lleno de duende, el que lucha contra la muerte y desata algo hermoso en esa supervivencia. El futuro que se niega a ser moribundo y brilla misteriosamente en el fondo de un túnel profundamente oscuro. La chispa de la vida que se enciende en el ardor de lo desconocido. Desenfundo la espada, me preparo como quien va a la guerra. Dejo todo listo por si no vuelvo más. Esto podría ser un viaje sin retorno, y la ansiedad me consume y me seduce, me paraliza y me impulsa. Los domingos me hacen sentir culpable. Los mediodías que me pillan arropada y con el cuarto oscuro me deprimen. Me transformo en un bandoneón que se estira y se encoge, adornando un hermoso tango de arrabal, triste pero poderoso, avanza lento pero hasta el final, mientras el público escucha pasivamente, anestesiado entre el humo del cigarrillo y los tragos, identificándose en esta música de mi vida. Alguien hace algo mientras ellos ven, sedados, y sienten las notas y lloran sus penas. Yo causo esto con mi vaivén, ella canta mientras ellos llevan el compás entre el ruido del choque de copas y cubiertos sobre alguno que otro plato. Afuera llueve y no hay nada que hacer. Estamos todos atascados en este bar, pero a mí me toca salir de aquí al próximo, aunque sea todo igual, en este samsara que es mi condena. El domingo se arrastra, y no es fácil ser una música brutal.

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