Me encantaba caminar por cementerios. Especialmente los verdes, con enormes extensiones de jardines usualmente bien conservados y con flores frescas en las tumbas. Casi siempre estaba solo, y eso era lo que más disfrutaba. Excepto cuando ocasionalmente había un entierro y se veía un grupo de dolientes haciendo la ceremonia del último adiós.
Recuerdo que en una oportunidad en el camino de regreso, me tocó pasar cerca de uno de estos grupos, y escuché a dos señoras cuchicheando. Una le decía a la otra que su epitafio no cabía en la lápida. Y la otra le preguntó qué tan largo podría ser, a lo que le contestó:
"Pues mira, tenía todo, y no se creía capaz. Porque no se creía capaz, se paralizaba del miedo. Porque se paralizaba del miedo, pensaba que estaba solo. Porque pensaba que estaba solo, no se atrevía a pedir ayuda. Porque no se atrevía a pedir ayuda, sentía el peso del mundo encima. Porque sentía el peso del mundo encima, estaba permanentemente cansado. Porque estaba siempre cansado, había mucho ruido en su cabeza. Porque había mucho ruido en su cabeza, pasaba por alto prioridades. Porque pasaba por alto prioridades, las personas a su alrededor dejaron de confiar en su palabra. Porque dejaron de confiar en su palabra, perdió la confianza en sí mismo. Y porque perdió la confianza en sí mismo, cayó en un letargo como el de las presas que se entregan después de una carrera por su vida hasta que se rinde del cansancio a las garras de su depredador. Excepto que su depredador era que no se creía capaz a pesar de tenerlo todo."
No tiene más remate. Seguí andando y hoy esta historia vuelve a mi por alguna razón a la que debo ponerle especial atención.

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