Wednesday, September 23, 2009

Y de golpe, Pita




Trató de escribir aquella carta sin música, pero lo encontró absurdo. Toda su vida le había acompañado, y lo que le inspiraba también tenía que ver con ella. Después de todo, Pita era musical, compuesta de acordes melancólicos y profundos, como su mirada lánguida que se perdía en el horizonte cada vez que pensaba en él.

Él coleccionaba instrumentos musicales con los que yo crecí tocando, o jugando a que tocaba. Los había traido de todas partes del mundo adonde había ido, o de donde venían amigos de visita provenientes de lugares remotos; una balalaika rusa, unas castañuelas, un furruco improvisado con una tambora de cuando las niñas cantaban gaitas en el colegio.

El tiempo pasó y las cosas cambiaron mucho para todos. Mucho, indescriptiblemente. Él se mudó de país, las niñas crecieron, se casaron, se mudaron, dieron nietos, se separaron, y la única constante era la música y volver a Pita.

Un otoño la vió llegar, y un otoño la sentenció para siempre. Las noticias de que la música de Pita estaba por acabarse llegaron una mañana de invierno gris. Viajé hacia el verano eterno a verla, coincidimos todos y la despedimos cantándole acapella el himno con el que alguna vez ellos se enamoraron de jóvenes.

Pasó el tiempo, y aprendimos a vivir con la idea de su partida. Las cosas volvieron a cambiar como aquella vez. Muchísimo. Los sueños que se habían reemplazado por grandes hoyos negros, volvieron en la primavera pasada, pero Pita, Pita no volvió nunca más.

Otoño de nuevo, viajo de urgencia hacia el verano. Busco una foto de ella y me doy cuenta de que las más recientes ya se ven antíguas. Encuentro una que jamás había visto de ella. Es la más reciente que ví.

Abro un libro, cierro mis ojos, y de golpe, Pita otra vez.


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