Estuario.
(Del lat. aestuarĭum).
1. m. Desembocadura de un río caudaloso en el mar, caracterizada por tener una forma semejante al corte longitudinal de un embudo, cuyos lados van apartándose en el sentido de la corriente, y por la influencia de las mareas en la unión de las aguas fluviales con las marítimas. –RAE
Un lugar donde se mezcla lo dulce y lo salado, similar a cuando las lágrimas alcanzan la comisura de los labios y entran en la boca. No es algo muy frecuente, pero pasa, y todos hemos estado allí, pero pocos pertenecemos a ese no-lugar.
Así es el estuario donde habito. Era parte de uno, ahora soy parte de dos mundos y he desembocado acá, en el medio, entre el río y la playa. Aunque por mucho tiempo me consideré de agua dulce, después de haberme adaptado acá, no puedo evitar que las mareas también afecten mi concentración salina. Es así, punto.
Luego de algún tiempo se te olvida si es el río el que endulza al mar o al revés. El hecho es que ahora vivo aquí y soy así, sin cuestionarlo mucho, sin pensarlo demasiado.
Un día es el mar el que entra a salar la desembocadura del río y otro día es el caudal del río el que sale a endulzar al mar; un día entregamos alegrías y otros días las recibimos, sin saber, y nos adaptamos, y terminamos por necesitar ese poquito del otro de la misma forma en que antes vivíamos sin algo que ahora consideramos irremediablemente necesario; y nos detenemos a recordar cómo es que alguna vez pudimos vivir sin aquello.
El hecho es que hay personas y circunstancias que cambian para siempre quienes somos, e irrevocablemente, quienes seremos; un día fui yo quien causó ese cambio en alguien, hoy me toca a mi recibirlo.
Levanté el teléfono para llamarte esta mañana, y sin querer te cambié el día. Hoy provoqué una marea de agua salada en tu río de agua dulce, y aunque no es culpa de nadie, por un segundo sentí que a nuestro estuario se lo había tragado el mar.
Así es el estuario donde habito. Era parte de uno, ahora soy parte de dos mundos y he desembocado acá, en el medio, entre el río y la playa. Aunque por mucho tiempo me consideré de agua dulce, después de haberme adaptado acá, no puedo evitar que las mareas también afecten mi concentración salina. Es así, punto.
Luego de algún tiempo se te olvida si es el río el que endulza al mar o al revés. El hecho es que ahora vivo aquí y soy así, sin cuestionarlo mucho, sin pensarlo demasiado.
Un día es el mar el que entra a salar la desembocadura del río y otro día es el caudal del río el que sale a endulzar al mar; un día entregamos alegrías y otros días las recibimos, sin saber, y nos adaptamos, y terminamos por necesitar ese poquito del otro de la misma forma en que antes vivíamos sin algo que ahora consideramos irremediablemente necesario; y nos detenemos a recordar cómo es que alguna vez pudimos vivir sin aquello.
El hecho es que hay personas y circunstancias que cambian para siempre quienes somos, e irrevocablemente, quienes seremos; un día fui yo quien causó ese cambio en alguien, hoy me toca a mi recibirlo.
Levanté el teléfono para llamarte esta mañana, y sin querer te cambié el día. Hoy provoqué una marea de agua salada en tu río de agua dulce, y aunque no es culpa de nadie, por un segundo sentí que a nuestro estuario se lo había tragado el mar.
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1 comment:
Pasa, pero hay que vivir, de lo contrario esperamos que pase algo que nunca llega...
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