Es tarde y estoy con el carro estacionado frente a casa.
Es tarde. Tarde para todos, tarde para él, para tí, y para mí.
Su tardanza nada tiene que ver con la nuestra. Su tardanza es una perpetua, condena de por vida; la nuestra es sólo de esta noche, o de todos los días desde que nos encontramos, finalmente, porque era inminente saber de nuestras existencias.
Es tarde y miro hacia la oscuridad del bosque a esta hora en la que nadie ve, en la que todos duermen. Miro hacia arriba por la ventana del techo y la noche es testigo de esta soledad.
Es plena madrugada y pienso que al otro lado del mundo es temprano. Que todo ying tiene su yang, y que para toda situación existe su opuesto pasando simultáneamente en otra parte del planeta.
Para otros es temprano, y están a tiempo de comenzar.
Para ellos, tú y yo debimos habernos visto hace tiempo, pero no es tarde. No lo es tampoco para tí ni para mi, según ellos. O sea que de alguna manera, tú y yo estamos a salvo. Pero ¿y él? No. Él no.
Es tarde y he perdido el sueño, aunque se que tú duermes profundamente.
Es tarde, pienso a estas horas y me transformo en un rompecabezas. Por alguna razón ciertas pistas claras pierden sentido y resultan ambiguas, luego opuestas, y así, hasta perder todo significado que pude haberles dado en su momento. Me pregunto si les asigné un vértigo, o venían con él incorporado.
Es tarde y me lleno de pequeñas dudas que se esfuman en los primeros minutos después de que suena el despertador.
Un día te levantarás y al escoger lo que vas a ponerte para salir, irremediablemente, pensarás en mí.

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