Son recuerdos de una lluvia helada escurriéndose en el parabrisas de un auto que nunca sintió suyo. El regreso a tierras invernales después de fundirse en el sol del Caribe. Una pérdida dentro de otra pérdida. La falta de rumbo que deja un fuerte ruido. Abrir los ojos y ver bajo el agua del mar. La carencia afectiva injustificada. Soñar con abismos de total oscuridad y levantarse con el vértigo que siente alguien que ya no está. Sentir en primera persona lo que pasa en tercera. Asumir otro rol desde ese momento y para siempre. Querer sacar a flote un barco hundiéndose con una cucharilla de postre. Fallar. Sistemáticamente. En todos los ámbitos de la vida. Estallar en forma de fuegos artificiales. Recorrer Queens Road West una y otra, y otra vez. Agotar la buena fortuna y montarse en la bici para generar más. Pedalear con furia en medio de esa lluvia helada, sin abrigo, ni casco, ni impermeable, y no parar nunca más hasta llegar al recóndito sur siete años después. Volver a escuchar esa canción. Conectar con el año 2006. Ver como la memoria emotiva adquiere vida propia. Venir aquí a escribir lo que ella me dicta. Poseída. Viendo de cerca algo que está tan lejos ahora. Sintiendo sin sentir. Corporificar a un crononauta que mira un evento propio como ajeno. Regresar del viaje sin sufrir jetlags. Quitarse el casco, el traje espacial. Dejarlo ir.
Caro.
Caro.

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