En este momento el tobogán del tiempo cronológico de la historia parece haberse solapado. La generación de las mujeres nacidas en la década de los sententas coincide con la dimensión de pensamiento, de forma de ser, de sentir y de ver las cosas de los chicos de la generación nacida en los ochentas.
Este fenómeno, para ellas, es un verdadero dilema. Los hombres contemporáneos a estas mujeres, comparados con los chicos de veintitantos, son unos completos indolentes metrosexuales que sólo andan pendientes del Superbowl, del auto último modelo y de los cargos empresariales de traje y corbata, mientras que los más jóvenes parecen compartir con ellas la misma sensibilidad por las cosas simples de la vida, el valor de coleccionar momentos, la importancia de hacer sonreír al otro, la necesidad nula de impresionar y todas esas cosas que parecen no tener cabida en un mundo donde sólo se piensa en aprovecharse de los demás y en explotar oportunidades desiguales para beneficiarse a sí mismo, hasta en las relaciones personales.
Es como si sólo a partir de los ochentas, comenzaron a nacer futuros hombres que desarrollarían la sensibilidad de la que tanto carecen los de su generación anterior. Y surge un desfase generacional que separa a dos géneros nacidos en una misma década, y ese mismo alejamiento provoca que dos grupos separados por años de nacimiento se unan en la misma forma de pensar, de ver las cosas y de sentir la vida. De alguna manera, es como si una misma generación hubiera nacido con una década de diferencia, alternada por géneros.
Esta brecha generacional que les acerca no sucede por una falta de madurez de las mayores ni por una especie de genialidad o precocidad por parte de los menores. Lo que les une, lo que les pone en un mismo plano es aún más profundo que eso. Tiene que ver con el enfoque que le dan al mundo que les rodea. Que miran las cosas con un mismo filtro. Irónicamente, lo que les hace compatibles no es precisamente la edad, que es justamente lo que les separa.
Quizá es la forma de sentir lo que nos une a ellos. Pero lo que nos separa es que inevitablemente nosotras crecimos en un molde en el que el concepto del éxito difiere de los suyos. Ahí es donde se pelan los cables y se abre la encrucijada. Igual pienso que es una reconciliable.
Puede que muchos más de los que quieren admitirlo entiendan lo que quiero decir aquí, aunque sólo una pequeña parte se atreverá a estar de acuerdo. Solo sé que el silencio de los que permanecen callados también otorga.
-Caro

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