
La conoció y se colgó instantáneamente de ella. Se acuerda perfectamente de aquel momento. Fue en el cafecito de la esquina adonde iba todas las mañanas. Él no buscaba nada, pero enamorarse fue inevitable a pesar de la tremenda timidez que lo caracterizaba. Ella llevaba una flor en el pelo y se acercó a su mesa, donde él se encontraba leyendo un libro que había conseguido hacía pocos días en una feria de libros de segunda mano. Él no escuchaba una voz, sino notas haciendo melodías que entraban como música endovenosa, circulando en pocos segundos en forma de un tibio escalofrío por todo su cuerpo. Pronto se dio cuenta de que él podía escucharla a ella, pero ella no a él.
Al principio esa especie de hechizo inicial de la que él era presa no le dejaba darse cuenta de su propio mutismo. Luego pensó en responder las preguntas que ella le hacía, pero no se atrevía a interrumpir aquella música increíble. La dejó seguir hablando, mirándola a ella casi sin pestañear, embelezado, sin dar crédito a su tremendo golpe de suerte al tener frente a sí a la mujer más hermosa que había visto en su vida.
De pronto se dio cuenta de que se había convertido en un melómano gracias a esa voz que ahora le endulzaba los oídos y casi le arrullaba hacia un estado de ingravidez en el que se sentía flotar. Quiso decirle todo eso que sentía, e intentó darle las gracias, pero no le salió la voz. Se extrañó un poco, pero eso no interrumpió ese estado de rara embriaguez en el que había caído. Aquella voz perfecta seguía armando una música sublime que iba abrazándolo hasta sentir que volaba.
No aguantó más. Tomó valor para confesarle que era primera vez que se sentía completamente indefenso ante una emoción así, tenía que decirle que la amaba antes de que todo lo que sentía le explotara en mil pedazos dentro de su pecho, y lo intentó, pero no le salió la voz. Trató de alzar la voz un poco más, luego de un carraspeo sordo y nada. Intentó gritarlo con todos sus pulmones, pero solo salía aire, y aquella música no paraba de sonar, acumulando y agudizando cada vez todas esas sensaciones, haciendo más y más imperativas las ganas de decírselo, así que tomó una bocanada grande de aire y gritó lo más fuerte que pudo, pero sólo salía un ronquido sordo, siguió y siguió, al punto de querer llorar de la impotencia al no poder decirle todo lo que ella significaba para él.
Sonó el teléfono, abrió los ojos y se despertó con los audífonos puestos. Tocaba Charlotte Gainsbourg The Songs that We sing.
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